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Torá en Español

Old Hebrew Prayer Book

Parashat Vaigash

Recibirse de líder

Hace unas semanas, leía una reseña escrita acerca de Saparmyrat Nyýazow preseidente de la República de Turkmensitán entre los años 1991 y hasta su fallecimiento en el año 2006.

Nyýazow fue uno de los líderes más excéntricos que conoció el siglo 20. Por lo pronto, Nyýazow cambió los nombres de los meses del año de de los días de la semana por su nombre y el de los miembros de su familia. Decretó que su cumpleaños sea una fiesta nacional. Erigió estatuas con su figura en cada rincón del país. Los alumnos del sistema escolar Turcomano le juraban lealtad cada mañana.

Esto ocurrió en el siglo 20 y -como sabemos- no ha sido el único caso. El caso de Turkmanistán no está tan alejado de lo que ocurre en el regimen tiránico de Corea del Norte, Irán o en algunos de los populismos que conoció América Latina en las últimas décadas.

A la luz de estos modernos ejemplos, sólo podemos imaginar cuán obsceno habrá sido el culto a los monarcas en el mundo antiguo.

Cuando Iehudá se para frente a Iosef e intercede por la liberación de su hermano Biniamín, cree estar parado ante uno de estos líderes. Iosef era la mano derecha de aquel que decía ser –no sólo monarca- sino dios del antiguo Egipto.

Hacia el final de Parashat Miketz, Iosef había tomado cautivo a Biniamín como consecuencia del "robo" de su copa de plata.

Iehudá se para frente a Iosef como auténtico guardián de su hermano (un final perfecto para el libro de Bereshit que había comenzado con Caín preguntando "¿Acaso soy yo el guardían de mi hermano?"). Súbitamente, Iehudá se pone en los zapatos del "hermano responsable" que viene a cumplir con la palabra que le había dado a su padre Iaakov (ver Bereshit 43, 9). Sabía que sin Biniamín, su padre moriría de pena...

El alegato de Iehudá al inicio de Parashat Miketz resulta ser el punto de inflexión de la saga. Su valiente actitud terminó quebrando a Iosef quien ya no pudo ocultar más su identidad.

Iehudá, a priori, pareciera ser tan solo una figura secundaria en el libro deBereshit. Sin embargo, resulta sugestivo la cantidad de datos biográficos que sabemos sobre su vida. Entre los hijos de Iaakov, sólo acerca de Iosef conocemos más detalles.

Hemos leído acerca del nacimiento de Iehudá y del por qué de su nombre. Sabemos acerca de su intervención en el episodio de la venta de Iosef. Leímos sobre su matrimonio. Se nos ha narrado el nacimiento de sus tres primeros hijos, y la muerte de los dos mayores. Los días de su viudez y su vinculación con su nuera Tamar, también son descritos por la Torá. De la misma forma, se nos cuenta acerca del nacimiento de sus dos hijos con Tamar (Peretz y Zeraj). Y por último, nuestra Parashá señala el coraje que puso de manifiesto a la hora de interceder ante Iosef por su hermano Biniamín.

Rabí Iehudá nos cuenta en el midrash que en dicho momento, Iehudá estaba presto para salir a la guerra en contra de Iosef (Bereshit Rabá 93, 6).

Resulta asombroso. Iehudá está parado ante uno de los hombres más poderosos de la tierra, aquel que tiene en sus manos la vida y la muerte, y necesita interceder por su hermano.

¿Qué haríamos en su lugar? ¿Llorar? ¿Suplicar? ¿Adular?

Posiblemente todas las respuestas sean válidas, menos la propuesta por Rabí Iehudá. ¡¿Salir a la guerra?! ¿Acaso nos iríamos a las manos con uno de los hombres más poderosos del mundo?

Y sin embargo, parece que fue así. O al menos, que esa fue la lectura que Iosef hizo del coraje de Iehudá.
....
Existe una anécdota fantástica acerca del Rabino Marshall Meyer Z"L, del cual se ha cumplido -por estos días- otro aniversario de su desaparición física.

En el año 1977, cuando miles de argentinos desaparecieron y –posteriormente- fueron asesinados por la Junta militar que gobernó Argentina entre los años 1976-1983, llegó a oídos del Rabino Meyer que Jacobo Timerman -un prestigioso periodista judeo-argentino- se hallaba entre los "detenidos".

Marshall viajó entonces a La Plata, decidido a verle la cara al mismísimo diablo y llegóse hasta el despacho del comisario Miguel Etchecolatz, mano derecha del general Camps, jefe del aparato represivo en la provincia de Buenos Aires por esos años.

"¿Y usted, "cura", quién es?", le preguntó el comisario al Rabino Meyer.

Marshall, como Iehudá en nuestra histora, no se asustó. Se paró a pocos centímetros de Etchecolatz y le dijo: "Este "cura" es una pastor que busca a una de las ovejas de su rebaño y se que vos te la robaste. Soy el pastor de Jacobo Timerman y no me muevo de acá hasta que no me devuelvas a mi oveja".

De seguro que el Rabino Marshall sabía con quien estaba hablando. En las manos de dichos criminales estaba la vida de millones de argentinos, y sin embargo no se amilanó.

Hay momentos en la vida que no toleran la neutralidad.

Son los momentos en los que la jutzpá (el descaro) es la única respuesta posible y, es allí y sólo allí, cuando un hombre común súbitamente puede recibirse de líder.

No es casual que Iehudá haya sido el primer eslabón de la dinastía davídica.

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