top of page

Torá en Español

Old Hebrew Prayer Book

Pesaj

De generación en generación

Desde un punto de vista científico podemos afirmar –sin temor a equivocarnos- que somos entidades biológicas radicalmente diferentes a lo que fuimos siete años atrás. Todas la células de nuestro cuerpo (a excepción de las neuronas y los ovulos, en las mujeres) se renuevan en su totalidad cada siete años, lo que demuestra que el “cuerpo” que tenemos a nuestra disposición hoy no es el mismo que tuvimos a nuestras disposición al momento de nacer.

Esta afirmación también podría extenderse a otros ámbitos de nuestra existencia. Muchos son los aspectos de nuestras vidas que cambian con el transcurso del tiempo.

Nuestro lugar de trabajo puede ser otro. Nuestro marco social también suele ser cambiante; tal vez, incluso, nuestras parejas. La familia se agranda y se achica simultáneamente. Algunos nacen; otros, a nuestro pesar, se van de nuestro lado.

¿Cómo es posible, entonces, que seamos tan diferentes y aun así sintamos ser las mismas personas que fuimos en el pasado?

Supongo que la respuesta está vinculada a la memoria. Los recuerdos son la columna vertebral que une las diferentes etapas de la vida de todo hombre.

Aun cuando hoy seamos radicalmente diferentes a lo que fuimos ayer, la memoria une al “Yo” del presente con aquel del pasado.

De igual manera podemos afirmar que los eslabones generacionales de un pueblo se reúnen por obra y gracia de la memoria colectiva.

El pueblo judío de la Edad Media es radicalmente diferente al pueblo judío de nuestros días. Los tiempos son otros y también han cambiado sus líderes y sus instituciones.

Sin embargo, los relatos, las costumbres y la pasión que escuchamos de nuestros ancestros y transmitiremos a nuestros hijos, son quienes transformarán diferentes generaciones en un sólo pueblo.

Recuerdo la primera vez que escuché a mi hija cantar el “Ma Nishtaná”, las cuatro preguntas que sirven de disparador para el relato del éxodo de Egipto en la noche del Seder. Paralelamente a la emoción natural de todo padre, sentí una gran carga sobre mis espaldas.

Ella es mi próxima generación y recibirá mi “mochila”. ¿Podré contarle la historia tal como la recibí yo? ¿Podrá ella conservarla tal como yo la conservé? ¿En cuánto depende ésto de ella y en cuánto depende de mí?
El Jafetz Jaim solía contar un hecho del que fue protagonista.

En el invierno de la ciudad de Radín -allí donde nació- solían calentar el agua de la mikve volcando un gigantesco termo de agua hirviendo dentro del agua helada.

Una gélida mañana invernal, el Jafetz Jaim preguntó al encargado de la mikve si había calentado el agua. Ante la respuesta afirmativa del balán, el Rabino ingresó al agua y notó que ésta estaba a punto de congelarse.
El Jafetz Jaim salió de la mikvé y fue corriendo a revisar la temperatura del termo. Introdujo su mano en él y notó que el agua del termo estaba tan sólo tibia.

Entonces dijo: “Hoy he aprendido una gran lección: Cuando el agua del termo esta hirviendo, el agua de la mikve estará tibia. Pero si el agua del termo estuviere tibia, el agua de la mikve sólo podrá estar helada”.
Rabenu Tam solía decir: “Las palabras que salen del corazón, ingresarán al corazón. Pero aquellas que no salen del corazón -sino de la boca- no atravesarán siquiera el umbral del oído”.

Quiera Di-s que podamos transmitir nuestro fuego a las generaciones futuras a fin de que nuestras palabras logren entibiecer su corazón.

bottom of page