Todos conocemos, más o menos, la historia de los meraglim. Doce espías, uno por tribu y todos distinguidísimos personajes de Israel, son enviados a la Tierra Prometida para ‘fotografiar’ su futuro y conocer a esa tierra de cerca.

El inicio de Parashat Shelaj Lejá que leemos esta semana comienza mencionando a estos doce elegidos.

Por la tribu de Reuvén: Shamúa ben Zakur. Por la tribu de Shimón: Shafat ben Jori. Por la tribu de Iehudá: Kaleb ben Iefuné. Por la tribu de Isajar: Igal ben Iosef. Por la tibu de Efraim: Ioshúa bin Nun. Etc. etc…

Según el RaMbaN las tribus son nombradas en orden según la grandeza personal de cada uno de los espías. Es decir, aquellas tribus cuyos espías tenían mayor envergadura personal -ya sea por sabiduría o por prestigio- son mencionados en primer término.

Resulta increíble, pero Shamúa ben Zakur fue en su momento quien mejor nombre tenía de entre todos los meraglim y uno de los hombres más respetados del pueblo de Israel. Hoy nadie lo recuerda. Shafat ben Jori, tenía un nombre más reconocido que el de Ioshúa bin Nun y Caleb ben Iefuné. ¿Qué fue de él y de su buen nombre? Toda su reputación quedó en la nada al cabo de cuarenta días cuando regresaron de Eretz Israel y blasfemaron en contra de la tierra.

Cuando una persona adquiere un buen nombre, debe sentir el yugo y comportarse en consecuencia.

El día que esos doce representantes fueron enviados a Eretz Israel, todo el pueblo supo por qué habían sido elegidos. Pero a su regreso –cuarenta días después- les esperaba la auténtica prueba: demostrar que habían sido merecedores de ese honor.

El buen nombre es el bien más preciado que puede tener un ser humano. Y hay una diferencia con el resto de los bienes que podemos conseguir en vida.

Para tener dinero en la vida siempre existirán dos caminos. El uno, es trabajar y transpirar. El otro, es ser hijo de un Rotschild o un Rockefeller.

Pero el buen nombre, por el contrario, no se hereda. Allí importa menos quién era tu padre o quién era tu abuelo Adquirir buena reputación es asunto personal, no es un bien de familia. Allí no hay Rotschild’s ni Rockefeller’s que valgan. Allí solo cuenta uno, sus acciones y sus omisiones, sus palabras y sus silencios.

Pero sobre todo, cuenta la capacidad que tenemos para mantenerla y poder mantener siempre la corona del buen nombre sobre nuestras cabezas.

El bien más preciado

Shlaj Lejá

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

  • Blogger Social Icon
  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon