Hace ya cientos de años que la tradición judía denomina a Di-s: Rey.

Lo decimos en cada brajá; Elo-henu Melej HaOlam (Di-s nuestro Rey del mundo).

 

Incluso a la hora de establecer los movimientos apropiados para la hora de la Amidá, nuestros sabios copiaron la conducta de un hombre ante un rey de carne y hueso.

 

Nadie era más honorable que un rey en el mundo antiguo.

Ese era el modelo a seguir.

 

Primero, si queremos hablar con él, llega el temor. Tres pasos para atrás…¿querrá el rey escucharnos?.

Luego, la cercanía. Tres pasos para adelante…Tenemos algo por decirle.

Por último, el respeto. Tres nuevos pasos para atrás y la reverencia final como saludo.

 

Hamelej HaIoshev Al Kise Ram VeNisá.

Tú eres el Rey.

Tu trono es elevado, Tu reino supremo.

 

Así rezamos en estos Iamim Noraim, y por medio de esta oración y de tantas otras, reconocemos a Di-s como único Rey, deshechando monarcas terrenales e intentando cargar el yugo del Reino Celestial sobre nuestros hombros.

 

Debo reconocer que nunca me agradó mucho esta metáfora de Di-s como Rey y siempre tuve preferencias por metáforas paternales o maternales. Entender a Di-s como nuestro Padre Celestial siempre me resultó más afortunado.

 

¿Acaso un rey ama a su pueblo de igual manera que un padre o una madre aman a sus hijos?

¿Acaso la preocupación por su futuro es la misma?

 

Quiero creer que no.

Recuerdo hace unos años, cuando murió trágicamente Lady Di que, por razones protocolares, la familia real inglesa tenía prohibido entrar en contacto con los plebeyos que venían a traer sus condolencias.

 

¿Cómo creer en Di-s como Rey en tiempos en que los monarcas sólo aprecen en las revistas del corazón, cubiertos de joyas en sus residencias de verano, y lejos de su gente?

 

¿Acaso los tiempos no han cambiado? ¿Por qué no cambiar también nuestras pautas y nuestros modelos teológicos en esta era ya no dominada por reyes, sino por la tecnología, la computación y las telecomunicaciones?

 

Dos padres judíos llevaron a su hijo Alan por primera vez a la sinagoga.

El pequeño, de unos siete años de edad, permaneció atento durante todo el oficio religioso y a la salida dijo a sus padres: ‘Creo que he comprendido. ¡¿El amén viene a ser algo así como el Enter de la computadora’?!.

 

Y debo confesar que muchas veces he cedido ante la misma tentación de Alan y he imaginado a Di-s en términos más tecnológicos.

He imaginado a Di-s sentado en un gran sofá, con el control remoto en sus manos, y haciendo zapping, diciendo: ‘En esta sinagoga me quedo; de esta sinagoga me voy. A este tipo vale la pena seguirlo, a este mejor perderlo que encontrarlo’, y cambiando de canal hasta encontrar la programación más acorde a Su paladar celestial.

 

¿Cómo creer en Di-s como Rey si los reyes ya no son quienes nos enseñan el camino a seguir?

¿Cómo creer en Di-s como Rey si los reyes ya no son soberanos?

 

Y tal vez, tengamos que concluir -a nuestro pesar- que hoy no existe una metáfora más acertada que la de Di-s como Rey.

 

Porque lo hemos transformado -como alguna vez dijera el Rabino Harold Kushner- en un personaje puramente protocolar, casi como el rey de Noruega, un tipo distante y jovial, al que se rinde pleitesía a la ligera y se lo usa como figura decorativa en las fiestas y ceremonias oficiales.

 

Un ser al que se ha desplazado del centro de la escena y se lo ha condenado a vagar en soledad por el mundo, entrando en contacto con nosotros sólo contadas veces al año.

 

Un ser al que visitamos poco,

Un ser al que recordamos poco,

 

Se cuenta que Rabí Leví Itzjak de Berditchev condujo en una oportunidad la tefilá de Shajarit de Rosh HaShaná.

 

Su voz iba ascendiendo en fuerza y espíritu, pero al llegar a la oración HaMelej, Rabí Leví Itzjak se desmayó.

 

Cuando despertó de su repentina siesta, sus alumnos quisieron saber qué le había pasado.

Y Rabí Leví Itzjak les respondió que en ese momento había recordado un pasaje de la Guemará en el Tratado de Guitín.

 

El Talmud nos cuenta que luego de la destrucción de Ierushalaim, Raban Iojanán ben Zakai fue a visitar al general Vespasiano; era urgente negociar la continuidad de la vida judía después de la destrucción.

 

‘La paz se contigo…oh rey’, le dijo al llegar hasta él.

Y Vespasiano le respondió con crudeza: ‘Debiera matarte por dos razones. Ante todo, me has llamado rey…y no soy rey. La segunda: ‘Si realmente piensas que soy rey...¿dónde estabas hasta ahora?’.

 

Finalizó Rabí Leví Itzjak de Berditchev: ‘Fue por ello que me desmayé. Si Él es HaMelej, y yo creo en ello…¿por qué yo, el Rebe de Berditchev, tuve que esperar hasta Rosh HaShaná para aceptarlo?’.

 

Que no tengamos nosotros que esperar otro año para hacerlo de nuevo.

Que podamos en este nuevo año regresar hacia Él, proclamarlo como Rey del mundo, y transformar Su palabra en guía para nuestras vidas judías.

De cara al Rey

Rosh Hashaná

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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