De acuerdo al Midrash, Noaj demoró ciento veinte años (!) en culminar con la tarea encomendada por Di-s de construir su arca (ver Tanjuma Noaj 5).

 

¿Por qué tanto tiempo?

 

Nuestros Sabios enseñan que Di-s estaba esperando el arrepentimiento de la generación del diluvio, algo que –como todos sabemos- nunca llegó.

 

Sin embargo, tampoco Noaj asumió una actitud pro-activa para generar dicha teshuvá. Fue más bien indiferente e insensible por el destino de aquella generación. Si bien la frase "Después de mí, el diluvio" suele adjudicársele a Luis XV, rey de Francia, posiblemente Noaj haya acuñado dicha expresión con anterioridad...

 

En cierto modo, se podría comparar la figura de Noaj con la figura de Ioná el profeta. Ambos se escapan, el uno de manera física (Ioná) y el otro fruto de su actitud apática. Ambos son fugitivos y viven una odisea en aguas turbulentas. Por último, una paloma (Ioná, en hebreo) es quien "anuncia" el fin del diluvio a Noaj.

 

Sin embargo, existe un aspecto en la vida de Ioná que lo diferencia enormemente de Noaj. Luego de hacer teshuvá en el vientre del gran pez, Ioná va a Ninive a cumplir la función que le fuera encomendada por Di-s. El profeta Ioná comprende hasta qué punto una palabra dicha en el momento justo por la persona correcta puede generar cambios en la gente.

 

Ioná dice una profecía (Ioná 3, 4) de tan sólo cinco palabras: Od Arbaim Iom VeNinve Nehpajet (En cuarenta días Ninive será derribada). (¡Cinco palabras y logró entrar en el podio selecto de los profetas de Israel!...A Ishaiahu le tomó más de sesenta capítulos...). Inmediatamente el rey de Ninive y todo su pueblo hacen ayuno, cubren sus cabezas con ceniza y retornan a la buena senda.

 

Un líder debe ser consciente del impacto de sus palabras.

 

Noaj fue un hombre justo para su generación, pero luego del diluvio es decripto como un hombre común, un "hombre de la tierra" (Bereshit 9, 20). Un hombre que no logró tener impacto alguno en sus congéneres. Un hombre destacado –como sin duda lo fue Noaj- debe saber hasta qué punto sus palabras puede construir o derrumbar mundos.

 

Hace unos días leí una hermosa anécdota en uno de los escritos del Rabino Jack Bloom.

 

El Rabino Bloom cuenta que un día, por la calle, encontró a un hombre que había celebrado su Bar Mitzvá con él veinticinco años atrás.

 

El hombre reconoció al Rabino y se le presentó. Comenzaron a conversar. En cierto punto de la charla, el Rabino preguntó al hombre por su ocupación actual y éste le dijo que era científico. Le preguntó entonces cómo es que había llegado a convertirse en investigador y el joven le contó que al concluir los rezos de su Bar Mitzvá su padre se acercó al Rabino y palmeando al joven en la espalda dijo: "¿Ha visto, Rabino, qué bien y rápido ha estudiado mi hijo la Haftará?". El Rabino miró al joven a los ojos y le dijo: "Hijo...debes saber que un judío debe aprender algo nuevo cada día".

 

Concluye el hombre: "Esa frase que dijo aquel día, fue la que me transformó en científico".

 

El Rabino Bloom cuenta que dijo aquella frase tal como dijo mil frases similares antes y otras mil frases después. Muchas palabras salen de boca de un Rabino. No todas son especialemente interesantes. No todas pueden quedar grabadas en su memoria. Sin embargo para aquel joven, aquella frase marcó el rumbo de su vida, por haber sido dicha por el hombre adecuado en el lugar apropiado.

 

Éso fue lo que pasó con Ioná.

Éso fue lo que no logró entender Noaj.

Después de mi, el diluvio

Noaj

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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