Nuestros sabios de bendita memoria se han preguntado reiteradas veces por qué razón Dios creó el oro. ¿No hubiéramos estado mejor sin la existencia del vil metal? ¿Acaso no nos hubiésemos ahorrado cientos guerras, muertes y lágrimas?

En un poderoso pasaje del Midrash, Rabí Shimón ben Lakish se pregunta justamente eso. Y él mismo responde que el oro fue creado sólo para servir a fines divinos como el de embellecer al mishkán y al Templo de Jerusalem (Shemot Rabá 35, 1).

Bien sabemos que el oro fue uno de los principales aportes para el mishkán, tal como leemos en la Parashá de esta semana. Ese mismo metal que había dado forma al becerro, ahora daba vida al más noble de los fines. Ese mismo oro que había exaltado a Dios, ahora lo ensalzaba.

Dice Rabí Aizel Jarif respecto al pecado del becerro:

Cabe notar la diferencia que existe entre aquella generación y las nuestras. Nuestros antepasados -incluso cuando pecaban- estaban dispuestos a deshacerse de su oro y de su plata para hacerse un dios. Los judíos de nuestra generación, en cambio, se deshacen de su Dios para hacerse de oro y de plata...

 

Tal es el poder del dinero.

 

Quien lo utiliza como un medio, y lo consagra a fines nobles invirtiendo en educación, ayudando a los que menos tienen, y promoviendo el desarrollo de instituciones judías, alegra al Cielo y regocija a Dios.

 

Sin embargo, aquel que lo utiliza como un fin en sí mismo y lo consagra sólo a satisfacer sus propios apetitos, provoca enojo en el Cielo y es pobre aun cuando lo tenga todo.

 

Leí hace un tiempo que en el año 1922 el Tesoro de los Estado Unidos cometió vergonzoso error. A la hora de acuñar sus monedas, en lugar de estampar el lema que acompaña a cada billete y a cada moneda americana desde sus comienzos (In G-d we trust, Creemos en Dios), grabaron la consigna ‘In GOLD we trust’ (Creemos en el oro).

 

Posiblemente, la búsqueda del oro como fin sea una de las mayores expresiones de Avodá Zará (idolatría) del mundo moderno. Y uno de los más grandes desafíos que se nos plantean en la vida es saber decidir hacia dónde queremos consagrar lo mucho o lo poco que tengamos.

 

Cuando en Bereshit 28 se nos narra el sueño de la escalera de Iaakov Avinu, nuestros sabios nos cuentan que Dios en realidad le estaba mostrando en el sueño a dos de sus descendientes: a Moshé y a Koraj.

 

¿Por qué justamente a ellos?

 

Posiblemente porque los dos fueron hombres de fortuna. Pero uno (Moshé), la consagró al Cielo llegando a ser padre de todos los Profetas y maestro de todo Israel. Mientras que el otro (Koraj), la consagró a intereses miserables, y terminó siendo tragado por los abismos.

 

No olvidemos que la palabra ‘Sulam' (Escalera), tiene en hebreo el mismo valor numérico (136) que la palabra ‘Mamón’ (dinero). Son pocas las cosas en el mundo que nos puedan acercar tanto al Cielo y, al mismo tiempo, puedan alejarnos tanto de él: el oro es una de ellas. De allí que la escalera de Iaakov también represente el modo en el que nos vinculamos con el dinero.

 

Nosotros decidimos en qué peldaño de esa escalera queremos estar. Si queremos estar cerca de Moshé o cerca de Koraj. Si queremos subir o bajar. Si queremos bailar junto al becerro, o marchar junto al mishkán.

Todo dependerá del uso que hagamos de él.

La fiebre del oro

Vaiakhel

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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