Muchos son los puntos de contacto existentes entre las festividades de Januká y Purim.

Por empezar, ambas celebraciones son observadas mediante el cumplimiento de un precepto de origen rabínico (Mitzvot Mi-Derabanán). En el caso de Januká, lo hacemos mediante el encendido de las velas; en el caso de Purim, lo hacemos mediante la lectura de la Meguila. Una de las bendiciones que pronunciamos al momento de cumplir ambos preceptos es idéntica en ambos festejos: agradecemos a Di-s por haber hecho "milagros a nuestros antepasados en aquellos días en este tiempo" (She-Asá Nisim La-Avotenu). Ambas festividades comparten también una porción en común durante el rezo de la Amidá (Al Ha-Nisim).

Pero existe entre Januká y Purim otro punto de contacto vinculado a la historia de ambas celebraciones. Tanto el relato de Purim como el de Januká presentan al pueblo judío bajo amenaza. Si bien ésto no es novedoso (el comediante judío americano Billy Cristal, dijo que todas las festividades judías podrían resumirse en tres frases: 1) Quisieron aniquilarnos. 2) No lo lograron. 3) ¡A comer!), el peligro que afectó a nuestro pueblo en en el relato de Purim y en el de Januká fue de naturaleza diferente. En el primer caso –Purim- se trató de un peligro de naturaleza física y en el segundo –Januká- de un peligro de naturaleza espiritual.

Esta diferencia puede comprenderse mejor si analizamos la naturaleza de los líquidos que protagonizan cada una de estas celebraciones. Líquidos nobles y exquisitos, pero que poseen una naturaleza diametralmente opuesta.

El líquido protagónico en Januká es el aceite, quien en el imaginario judío está intimamente relacionado con el universo espiritual. "El espíritu del hombre es la luminaria del Eterno" (Mishlei 20, 27) dice el proverbio.

Purim, en cambio, es una celabración vinculada al vino. Este líquido, está íntimamente relacionado con la naturaleza física del hombre al actuar sobre sus sentidos.

No obstante, no sólo por ésto se vincula el vino con el cuerpo. El estrujado de la uva y la elaboración tradicional del vino requiere de un gran esfuerzo corporal. Ésto, a diferencia de lo que ocurre con el aceite, ya que la primera gota de la aceituna (Shemen Katit Zaj) es la que proporcionará la llama más limpia y pura. El aceite más exquisito es aquel que se extrae sin presión.

El vino de Purim nos recuerda que el peligro que se ceñía sobre el pueblo judío durante los días de Ajashverosh, fue un peligro de exterminio corporal. La amenaza de Januká fue de una naturaleza totalmente diferente; allí era un peligro de naturaleza espiritual dado que los decretos de Antioco Epifanes -que motivaron la rebelión de los Jashmonaim- afectaban al cumplimiento de las mitzvot y a las normas que dan identidad a nuestro pueblo. Es por ello, que la festividad está protagonizada por el aceite, al estar éste ligado al espíritu.

Purim es una celebración vinculada a lo corporal y terrenal; Januká se vincula a lo espiritual y celestial.

Tal vez ello se halle resumido también en los juegos con los que los niños de Israel suelen jugar en ambas celebraciones. En Purim, los niños hacen girar el Raashán (la matraca); en Januká, harán girar el Sevivón (la perinola). Ambos giran, pero el movimiento se inicia en lados opuestos. El Raashán, se mueve desde abajo; el Sevivón desde arriba. El uno, se mueve desde abajo y sugiere terrenalidad. El otro, se girará desde arriba y sugerirá espiritualidad.

Juegos, en definitiva, similares pero diferentes en su naturaleza. Tal como ocurre con el vino y el aceite.

Vino y aceite

Purim

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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