Un judío se hallaba en el Kotel conversando con Dios:

‘¡Dios mío! -decía. En Tu inmensa Misericordia...¿cuánto es un millón de años?’.

Una poderosa voz que provenía del cielo, invadió el ambiente y dijo:

‘Hijo Mío: un millón de años es para Mí como un minuto para tí’.

‘¡Dios mío! -continuó el hombre entusiasmado al hallar respuesta en Dios. En Tu inmensa bondad...¿cuánto es un millón de dolares?’.

Nuevamente, una poderosa voz emergió de lo alto y dijo:

‘Hijo Mío: un millón de dolares es para Mí como un centavo para tí’.

‘¡Dios Mío! -insistió el hombre entusiasmadídimo. ¡Hazme llegar tan sólo uno de Tus centavos!’.

‘OK -respondió la Voz. Esperá un minuto’.

...

Así de pequeños nos sentimos en este día de expiación.

Nada -solo polvo y cenizas- somos frente a Su inmensa Misericordia; vanidad de vanidades son nuestro bienes frente a Su inmensa bondad.

Tal como decía el amoraíta Raba:

Elohai Ad SheLo Notzarti Eini Jedai, VeAkshav SheNotzarti, Kehilu Lo Notzarti.Afar Ani BeJaiai, Kal VaJomer BeMitati.

Dios, mío: Antes de ser creado yo no era nada. Y ahora que ya me has creado percibo mi fragilidad.

Al polvo insignificante me asemejo durante mi vida...¿que será de mí entonces al final de mis días? (Berajot 17a)

Y conscientes de nuestra vulnerabilidad, dejamos de lado por veinticinco horas nuestras necesidades terrenales y nos consagramos a Su inmensa Misericordia y bondad.

Y como actores que somos en esta obra de creación, nos quitamos por veinticinco horas nuestros disfraces de todos los días y pasamos a vestir todos un mismo e idéntico disfraz.

En este día de Iom HaKipurim, nos vestimos de ángeles y nos dedicamos a cortejar al Rey de Reyes en Su Trono supremo.

 

Como los ángeles, no comemos ni bebemos.

Como los ángeles, nos separamos de nuestra sexualidad.

Como los ángeles, decimos a viva voz -por única vez en el año- Baruj shem kevod maljutó leolam vaed (Bendito sea Su glorioso reino por siempre jamás).

Como los ángeles, vestimos de blanco y nos revestimos con nuestros talitot.

Un día al año ejercitamos la espiritualidad como nunca y volamos como ángeles al servicio de Dios.

Pienso en aquellas compañías áereas que dan puntaje y premios por las horas y millas de vuelo.

¿Cuántos ‘puntos’ acumularemos en nuestro millaje después de este vuelo angelical de Iom Kipur?

¿Podremos juntar la misma cantidad de ‘puntos’, durante los 364 vuelos restantes que contiene nuestro año?

¿Estaremos aptos para servir a Dios como hombres y mujeres, o es que acaso sólo podemos hacerlo hoy, cuando jugamos a ser ángeles?

¿Qué ocurrirá con nosotros cuando mañana -a esta misma hora- se cierren las puertas del cielo, suene el Shofar y perdamos nuestra fugaz condición de criaturas celestiales?

Una de la costumbres más hermosas que contiene la tradición judía es comenzar a constru

ir la Suká mañana mismo, en ese preciso instante en el que Iom haKipurim finaliza y perdemos nuestras alas.
Siempre me pregunté la razón de esta particular costumbre, especialmente por el cansancio que llevaremos a cuestas en poco más de 24 horas.

 

Y la respuesta es que la construcción de la Suká resulta la afirmación más rotunda de que estamos dispuestos a servir a Dios también cuando este día finaliza, ni bien salimos del imponente marco de este día sagrado y aterrizamos de este vuelo angelical que emprendemos durante veinticinco horas.

 

Construir la suká ni bien finaliza este día, expresa nuestra disposición a servir a Dios ALLA AFUERA.

Es fácil servir a Dios disfrazados como ángeles.

El desafío, es servirlo cuando recuperamos nuestros disfraces de todos los días.

Cuando el ingeniero vuelve a ser ingeniero.

La maestra, maestra.

El empleado, empleado.

El desafío es servirlo cuando salimos ahí afuera y abandonamos este microclima angelical que Dios nos regala una vez al año.  

Pero a la vez afirmaremos que nuestro proyecto espiritual para el próximo año -al igual que nuestra Suká- será tan frágil o tan sólido como nosotros lo deseemos.

 

Y así como seremos arquitectos de nuestra Suká, seremos arquitectos de nuestra propia vida.
 

Si queremos una Suká que soporte los embates del tiempo, el viento y la lluvia, nuestras propias manos responderán a este deseo.
 

Si queremos una Suká frágil y endeble, también nuestras manos serán artífices de la endeblez.
Si no queremos Suká, no la tendremos.

Así, ocurrirá también con nosostros.

Ufrós alenu Sukat shlomeja.
Quiera Dios extender sobre nosotros Su protección de paz, rubricarnos en el libro de la vida, e inspirarnos a consagrar nuestras vidas a Su servicio durante cada uno de los instantes de nuestra existencia.


Disfrazados de ángeles

Iom Hakipurim

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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