La sinagoga no es un templo. Parecen sinónimos; hoy quiero demostarles que no lo son.

Un tiempo atrás me encontré con los chicos del jardín de infantes de la escuela en esta misma sinagoga, y a punto de enseñarles un Sefer Torá y abrir el Arón les pregunté:  ¿Qué hay allí adentro?

La respuesta por mi esperada, era la Torá y no Dios como me respondieron.

A menudo pienso, que este razonamiento continúa con los años.

El Templo, era la morada de Dios en la tierra.

Dios habitaba allí.

Asi como usted habita en Corrientes al 5300 o en Tucumán al 700, Dios habitaba allí; ese era Su domicilio.

El Templo de Jerusalem, y el Monte del Templo eran el remitente de Su correspondencia.

Sin vueltas...

Dios no habita en las sinagogas.

 

El hombre tiene la posibilidad de convocarlo, de sentir Su presencia, de tenerlo por un rato. Y eso dependerá de la devoción depositada en la Tefilá.

 

Pero ningún aspecto de la arquitectura sinagogal está destinado a contener a Dios.

Ni el Arón haKodesh, ni el Sefer Torá...

El Templo de Jerusalem tenía en el centro de su construcción, el Kodesh haKodashim, lugar al que ingresaba  el Sumo Sacerdote una vez al año, en un estado de absoluta pureza y pronunciaba el inefable nombre de Dios.

 

Esa única vez al año, era en Iom haKipurim.

Un solo defecto en su servicio, hubiera echado todo a perder...

 

Toda su casa, y todo Israel dependían de él, y él era el actor principal en ese servicio llamado Avodá.

Dice la Mishná en el Tratado de Iomá que siete días antes de Iom haKipurim, se disponía de un potencial sustituto para el Sumo Sacerdote en caso de que éste quede impuro a la hora de su servicio.

Pero el pueblo era pasivo...

El Templo dejaba al individuo poco por hacer...

La sinagoga no es un templo, porque en la sinagoga todos debieran actuar.

Si se quiere, la sinagoga debería parecerse menos a un teatro y más a un espectáculo deportivo, donde todos juegan; cada uno desde su lugar, algunos desde afuera, otros desde adentro. Pero todos protagonistas...

 

Menos solemne, dándose -si es que aflora del alma- la posibilidad de aplaudir y cantar.

 

(A propósito, hace unas semanas una persona de aquí me comentó que le vinieron ganas de aplaudir en la mitad de la tefilá, pero temió al ridículo).  

Mucha gente no viene a la sinagoga a davenen, como lo hacían nuestros abuelos; viene a escuchar, le teme al silencio.

No hay que temerle al silencio; también se puede hallar a Dios allí cuando en la tefilá silenciosa y no sólo el el éxtasis del canto mancomunado.

Unos años atrás, tuve en mis manos un ejemplar de una Hagadá de Pesaj de Copenhagen del siglo 17, y noté con sorpresa, extrañas manchas marrones en sus páginas.

 

Cuando pregunté a qué se debían, me dijeron que eran restos de comida, manchas de caldo, pescado y grasa de pollo.

 

Jamás he visto un libro de oraciones de Iom Kipur manchado de este modo, es lógico, porque sobre este libro no se come, se llora.

 

Quienes tomen en sus manos dentro de doscientos años alguno de nuestros majzorim, tal vez piensen que nuestras lágrimas ya se secaron, y nunca podrán estar seguros porque las lágrimas casi no dejan huellas...

Pero nosotros sabemos la verdad.

Nos cuesta llorar sobre el majzor; nos cuesta dejar de ser pasivos en la oración...y simplemente llorar al rezar...

Al jet shejatanu lefaneja, por transformar a la sinagoga en un templo.

La sinagoga no es un templo

Iom Hakipurim

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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