Una vieja leyenda que trae Elie Wiesel en uno de sus libros, cuenta que un día se presentó el hombre ante Di-s y le dijo:


‘Cambiemos de funciones. Tú serás hombre por un día y yo seré Di-s’.
‘No tienes miedo’, le preguntó Di-s sonriendo.
‘Yo no...¿Y Tú?’.
‘Yo sí’, le dijo Di-s.

Sin embargo, Di-s concedió el pedido y se hizo humano.


Y el hombre, subiendo al Trono de Di-s aprovechó su infinito poder y decidió no devolver su lugar a Di-s.


Di-s, cuenta Wiesel, desde entonces es hombre.
Y el hombre desde entonces es Di-s...

Podríamos pensar que el hombre de esta leyenda somos nosotros y todo el género humano.
Pero llega Iom HaKipurim y nos propina un certero mazazo a nuestro engreimiento, a nuestras ínfulas de perfección.

Tal como decía el amoraíta Raba:

Elohai Ad SheLo Notzarti Eini Jedai, VeAkshav SheNotzarti, Kehilu Lo Notzarti.
Di-s, mío: Antes de ser creado yo no era nada. Y ahora que ya me has creado percibo mi fragilidad. Al polvo insignificante me asemejo durante mi vida...¿que será de mí entonces al final de mis días? (Berajot 17a)

No somos nosotros los que nos golpeamos en este día; es el día el que nos golpea a nosotros...

Y cuando nuestro engreimiento se halla sometido ante la enormidad de esta jornada, nos bajamos del Trono de Di-s, se lo devolvemos y reconocemos que podemos ser creativos, pero nunca Creadores y que lo único que podemos crear en esta vida es nuestro pequeño universo interior.

A nosotros Di-s nos llama y nos dice: Naase Adam BeTzalmenu KiDmutenu.
HAGAMOS un hombre a nuestra imagen y semejanza.
No habla Di-s con los ángeles, ni con las bestias.
Nos llama a asociarnos a Él.
A nosotros nos llama.

A menudo pienso que estamos creados al modo de un frasco de perfume.
Un envase armónico y cuidado y una fragancia interior que tiene todo el potencial para deleitar a la creación.

Di-s nos llama a abrir ese frasco para que nuestra fragancia interior pueda extenderse al mundo en lugar de quedar cautiva y ser sólo nuestra.

Y cada año se nos invita a echar una mirada a nuestro pasado para sacar de nuestro ser ese potencial oculto que por uno u otro motivo aun no sacamos a relucir.

Un viejo proverbio dice ‘Lo pasado, pisado’.


Permítanme articular hoy un juego de palabras y decir ‘Lo pasado, pesado’.

No existe ninguna posibilidad de transformarnos si no miramos hacia atrás, hacia nuestro pasado y comenzamos por nosotros a cambiar el mundo.

La creencia generalizada supone que la mujer de Lot quedó transformada en sal por mirar detrás suyo cuando se producía la destrucción de Sodoma y Gomorra.

RaSHI rompe en cierto modo con este mito. En su comentario a este pasaje nos dice MeAjorav shel Lot (Bereshit 19:26):


La mujer de Lot quedó paralizada por mirar las espaldas de su marido, no las suyas...


No dice la Torá: VaTabet Ishtó MEAJOREHA (Y miró la mujer a sus propias espaldas) sino VaTabet Ishtó MEAJORAV (Y miró la mujer a espaldas de él, de su marido).


Nada nos produce mayor parálisis que observar el pasado a espaldas de nuestros prójimos, en lugar de mirarlo a espaldas nuestras.

Fíjense qué interesante:


En todos los jaguim, las mitzvot recaen sobre algo ajeno a nosotros.
En Purim sobre la meguilá.
En Pesaj sobre la matzá y el maror.
En Rosh HaShaná sobre el shofar.
En Sukot sobre la Suká y los Arvaat HaMinim.

En este día de Iom HaKipurim el objeto de la mitzvá del día somos nosotros mismos.


No vinimos aquí para transformar a otros; vinimos a transformarnos nosotros.

Hoy nos bajamos del sillar divino que en aquella leyenda usurpáramos con astucia.


Hoy volvemos a ser creadores de lo único que en realidad podemos crear: nuestro propio mundo, mirando a nuestras espaldas y recuperando la imagen de Di-s que se aloja dentro nuestro.

Lo pasado, pesado

Iom Hakipurim

Rabino Gustavo Surazski, Ashkelon, Israel

gustisur@gmail.com

+972547675129

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